Se trata de la llamada "parálisis del perfeccionista". Cuando el listón está demasiado alto, el miedo a no cumplir con las propias expectativas se vuelve tan intenso que el cerebro opta por no iniciar la tarea para evitar un posible fracaso y sentimientos de culpa.
A corto plazo, sí, debido a la alta calidad del trabajo. Sin embargo, a largo plazo suele conducir al agotamiento (burnout),dificultades para delegar tareas y conflictos con colegas a quienes el perfeccionista exige el mismo nivel imposible de excelencia.
La genética influye en el temperamento, pero el factor decisivo suele ser el estilo de crianza. Si el amor de los padres fue "condicional" (elogios solo por el éxito),el niño se acostumbra a vincular su autoestima exclusivamente con resultados impecables.